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lunes, 16 de noviembre de 2015

La libertad


En este viaje que emprendí he tenido aprendizajes muy importantes, y uno de sus temas top es la libertad. Escribo esto no tanto para compartirlo, sino para registrarlo, para ordenar un poco y hacer un esquema breve de lo que he ido interiorizando intelectual, sentimental y espiritualmente. Tal vez no sea muy útil para nadie, pero estas realizaciones o “darse cuenta” han cambiado radicalmente mi manera de percibir la vida. Lo publico porque puede que alguien esté también en la misma búsqueda de respuestas que yo, si es así, siéntase con toda la libertad de que tengamos un diálogo, nos podemos aportar desde nuestras experiencias. Tal vez el hilo de razonamiento no haga mucho sentido al lector(a), pues lo que describo a continuación tiene que ver con mi propia forma de procesar, la información que considero relevante en este tema puede no serla para otros.

En la historia de la humanidad ha habido una lucha constante para alcanzar la libertad, los contenidos van variando, pero la meta es la misma: libertad de expresión, libertad de asociación, libertad para la igualdad, libertad de la opresión por los que detentan el poder. Siempre se busca emanciparse de algo, lo que hace de la libertad un concepto íntimamente asociado a su precedente, en una dialéctica constante con aquello de lo que busca desasirse. Por lo mismo, comúnmente se piensa que la libertad es sinónimo de felicidad. Se rompen las ataduras que nos aprisionaban, quedamos libres para poder realizarnos en nuestro verdadero potencial. Pero la libertad no necesariamente significa felicidad, significa vida y mientras haya vida, la lucha sigue.

La libertad no es un estado final, la libertad no tiene asociada ninguna emoción en particular. La libertad es un concepto vacío que se rellena con cualquier estado psicológico/mental/espiritual de la persona que la logra. No por nada es llamada “libertad”.

Para algunos la libertad puede ser sinónimo de grandes angustias por el caos que deviene cuando se alcanza, por la posibilidad de asociación con cualquier otra cosa luego del desligue de lo que se quiso liberar en un primer instante. Por lo general, estamos tan acostumbrados al sometimiento que al alcanzar un estado de libertad, es decir de incertidumbre, queda el remanente de querer volver a asociarse a algo o a alguien. La libertad es algo difícil de sostener, por lo que funciona casi siempre como un ideal más que como algo que se practique. Por la libertad es que nos movemos como humanos, el cambio es posible cuando hacemos de ella nuestro norte. La libertad nos da la sensación de progreso, aunque esto signifique volver a entregarnos a otro tipo de atadura, al menos es una en la que la voluntad está comprometida. Luego de la libertad somos libres de atarnos a lo que dicte nuestro deseo. Después de todo, está en nuestra naturaleza implicarnos, enmarañarnos con circunstancias externas, con personas, con sistemas, con rutinas, en fin, se nos da fácil desear. La libertad es la ilusión de la vida, su horizonte, el que siempre se va desplazando más y más allá. La libertad es lo que está verdaderamente vacío, no el deseo, este siempre puede rellenarse con multitud de cosas, muchas de ellas bien definidas y universalmente generalizadas. Si existe un estado de satisfacción, aunque sea temporal, significa que sí podemos alcanzar lo que deseamos. Que eso sea transitorio, es otro tema.

Sin embargo, está el camino de los que buscan un estado constante de libertad, que luchan por la autoliberación, quienes emprenden el camino del Buda, un camino más allá de la lógica del lenguaje. Buda buscó la iluminación, un estado en el que se liberó de todos los condicionamientos, en un viaje interno en el que buscó descubrir al supremo arquitecto, al “constructor” de la rueda eterna de nacimiento y muerte en la que nos encontramos para así poder salir de ella. Se dice que cuando logró la iluminación llegó a la verdad y se deshizo de toda ignorancia, esta última entendida como la creencia de que existe un desconocido detrás del conocer. La iluminación consiste en trascender el dualismo de conocedor versus objeto del conocimiento, la oposición entre saber y actuar, entre el mundo y el yo. Es algo difícil de abordar por la lógica, cayendo en constantes contradicciones cuando se lo trata de explicar, por lo que se tiene que experimentar a través de la intuición de la propia verdad y con ayuda de la voluntad. La iluminación no puede enseñarse a otros por medios intelectuales, por lo que la doctrina del budismo no es realmente una doctrina, si no una búsqueda interior constante, ya que no hay nada que se pueda recibir desde otro con respecto a la iluminación. Buda busca ser su propio amo, trascendiendo el dualismo de ser amo o esclavo.

Buda logró ser libre y decidió mantenerse en ese estado, y pese a que pasó periodos de mucho ascetismo renunciando a involucrarse en las actividades mundanas, al final se da cuenta de que eso tampoco es libertad. Menciona entonces el “camino medio”: la sabiduría está en no entregarse a reglas generales sobre nuestra existencia y simplemente fluir, vivir sin entregarse a ningún exceso, tanto ascetismo como apasionamiento. El buda nos llama a vivir una vida dinámica, con un fluir natural, sin sistemas o preceptos, buscando en el interior de cada uno cómo llevar su propia libertad en la vida cotidiana. El sistema ético a seguir no existe, está en construcción constante. Para ser libre no es necesario convertirse en un monje y meditar por el resto de la vida sin involucrarse con nada ni nadie.


La rama zen del budismo se acerca más a vivir la cotidianidad con libertad. Aún no estoy tan informada sobre la historia y las prácticas actuales de esta rama, pero lo que he averiguado hasta el momento me parece bastante satisfactorio. Me atrae el dinamismo de la verdad que se busca, lo que nos hace conectarnos mucho más con lo que está pasando ahora, en el presente, dentro de nosotros mismos. Otra cosa que me gusta es que la verdad no se va a buscar a ninguna parte, ni se le pide a otros que nos la muestren. Pero hace falta harto coraje para enfrentarse a esa verdad, es un trabajo duro aprender a ser sinceros con nosotros mismos y aceptar lo que sea que sea. Sacarse la venda de los ojos es el primer paso y el más difícil.

sábado, 30 de agosto de 2014

Reflexiones post-Sabato

Estuve leyendo una de las últimas obras de Ernesto Sabato y a su término me dejó sumida en preguntas, como todo buen libro. Como un deshielo que da origen a una veintena de ríos, prefiero subir mi balsa a uno de ellos, a ver hacia dónde me lleva. Sabato postula el dolor como factor clave en la evolución de la humanidad, de su historia individual y colectiva. El sufrimiento sería el que gatilla y permite cambios y, así, sería capaz de engendrar novedad. Asimismo, pone al sentimiento trágico como  catalizador para la creación artística. Ejemplifica con su propio gran descontento ante la miseria y el dolor humanos, su lucha por encontrar a Dios en los desdichados. De esta forma pudo plasmar historias en sus personajes, con la esperanza de poder aplacar las angustias existenciales de sus lectores, ser una “tabla en el mar” a la cual pudieran aferrarse. Ejemplifica también con las biografías de grandes genios inmersos en la melancolía o la pobreza total, como Rimbaud, quien es uno de los que “su destino es la belleza”. La belleza reside para Sabato en una experiencia intensa, pero hay que hacer notar que su definición se entrega mucho más al rango desgarrador de las emociones. En “Antes del fin” Sabato se muestra bastante apocalíptico respecto al futuro y lo es también la forma misma de relatar su historia, plagada de injusticias sociales que parecen nunca encontrar paz. El motor de Sabato estaba en su dolor, en su confusión, también en su esperanza. Encontraba alivio en la verdad y en la belleza, con anhelos de escapar de y mejorar a la vez este mundo.

Me pregunto si el sufrimiento y la angustia serán las únicas fuentes de autenticidad humana. Siempre que llego a este punto, me encierro en el mismo callejón ¿Qué es lo que se puede considerar auténticamente humano? ¿es la verdad algo humano? ¿el dolor? ¿la belleza?. Me pregunto si una vida de dolor, excesos e inmoderaciones es lo que termina desembocando en una existencia artística. Me pregunto si el dolor es el único motor que puede mover la gran maquinaria creativa que llevamos dentro. Una intuición me dice que no es la única vía, aunque tal vez mi ingenuidad en estos temas me hace desear que no fuera la única forma.

¿Qué hay del entusiasmo, la adrenalina, la vitalidad, la alegría y los placeres? Me molesta cuando se toman por banalidades, por aspectos superficiales y encubridores de La Gran Verdad, identificada esta con una experiencia límite en torno a la cuasi destrucción del ser. No apoyo esta veneración a la angustia como origen único de la verdad o la creación. Sin embargo, es muy valioso que quienes han tenido este tipo de existencias se sientan agradecidos de su sufrimiento, pues para ellos fue motivo de crecimiento. Se quemaron y renacieron de las cenizas todas las veces que pudieron, hasta extinguirse.

Creo que desde el lado luminoso de la existencia hay motores que mueven a creaciones verdaderas, tan rebosantes en belleza y novedad como las creaciones de los grandes nostálgicos de todos los tiempos. Tal vez el poder destrozador de paradigmas de estos trágicos personajes de nuestra historia viene  sacado directamente de sus existencias marginales. Estoy de acuerdo que mientras más se adapta la persona al sistema, más normalizada se vuelve, lo que puede crear es nada nuevo bajo el sol. ¿Será la insatisfacción un factor incidente en crear algo valioso? Intuitivamente, pienso que sí, pero ¿debe ser esta insatisfacción permanente para que rinda frutos?

Puede que sea cuestión de énfasis, en cuál impulso o voluntad es pionera de nuestra propia y particular existencia. Una persona angustiada la mayor parte del tiempo puede encontrar en el arte una escapatoria, una catarsis. Puede que lleve su vida en torno a esta desembocadura de sus tortuosas cavilaciones. Más no toda persona sufriente encuentra esta solución. Por el lado opuesto, una persona que no sufre puede nunca llegar a incomodarse demasiado como para querer crear algo más que lo que tiene ya a disposición. Sin embargo, hay quienes tienen sentido de compasión y se conmueven e inquietan por la miseria ajena y esto los motiva a crear. Me pregunto ¿habrá otro tipo de persona, no esencialmente sufriente ni compasiva, pero sí lo suficientemente incómoda como para ejercer el oficio de alquimista en cualquiera de sus ramas? ¿Cuál será el motor generativo para esta persona, si no es la compasión o el dolor propio? ¿Será el instinto por conocer? ¿Será la compulsión de cruzar el umbral de lo común e ir más allá? Y ¿puede esta voluntad llegar a tener la urgencia necesaria para toda creación? Quiero creer que sí, pues no me resigno a tener una vida neurótica y desdichada para poder crear. Tal vez sí hay que estar un poco loco, divergir en hábitos para llegar a verdades haciendo otros senderos, tal vez atajos, tal vez vueltas más largas. El tiempo no es algo con lo que quiera luchar ya. Quisiera desmarcarme del apuro de las horas y reemplazarla por la sensatez de la necesidad. Lo último que quiero es entablar una carrera conmigo misma -o peor aún, con otros- para convertirme en una máquina  creativa. Pienso que las circunstancias de nuestras vidas dictan el ritmo al que podemos soltar un regalito al mundo, unos versos sinceros, unas imágenes capaces de habitar a quien las vea.

Me recuesto de espaldas en mi balsa, disfrutando su navegar y el sol entibiando mi cuerpo, haciendo un perfecto equilibrio con el fresco ese del viento. Luego de un momento me alertan gritos, avisto otros marineros en ríos paralelos, algunos en problemas porque les tocó sortear rápidos y cataratas. ¿Soy capaz de hacer algo? No puedo dejar de lado esa pregunta. Pienso que la ética debería ser humana, sin importar de qué lado del río estemos. Creo que Sabato estaría de acuerdo conmigo.