Siento como que yo fuera un Gran Canal, un gran cable conductor de ondas. Una analogía sería un cable de cobre por el que pasa la corriente, aunque se siente... suave. Y todo tu cuerpo quiere hacerse partícipe de esa corriente. Los pies se mueven, la espalda, las manos, el pelo, todo. Y mientras avanza la música, te dan más ganas de que tu cuerpo la siga, no quieres salirte del flujo de energía. Quieres que cada uno de tus movimientos refleje lo que escuchas, quieres escuchar cada vez más, cada vez más fino. Hasta que llega el momento en que la música y el movimiento son uno. Eres capaz de no tener el procesamiento cognitivo, es como oído-movimiento, input-output sin nada entre medio. Y ese es un momento glorioso, porque ya no te molesta la visión de las guatonas bailando más allá con sus rollos colgantes debajo de poleritas blancas sudadas, ni tampoco los empujones de la gente borracha que te echa el copete encima sin querer, ni los humos de cigarro.
Después de ese momento catártico es cuando empiezas a "pensar en paralelo". Piensas cosas como, por ejemplo, qué chistoso es el pasito que estás haciendo, pero no puedes hacerlo de otra forma. Porque es uno de los momentos en que se siente muy bien ser (o estar dentro de) tú mismo. Y lo disfrutas. Mucho. Te gozas. La música guía a tu cuerpo, y a su vez te guía el pensamiento de una forma bien... sentimental.
Es la experiencia más representativa de ser conciente de tu cuerpo, ese que te acompaña a todos lados porque supuestamente eres tú... y claro que eres tú!! Pero a uno se le olvida en el cotidiano. Técnicamente sería un estado de alteración de la conciencia (y es puro gozo, como algunos otros estados de alteración de conciencia). Lo único malo es que te pueden sacar muy fácil de él. Pero, ya sabemos, que de lo bueno, poco.