Estuve leyendo una de las últimas obras de Ernesto Sabato y a su término me dejó sumida en preguntas, como todo buen libro. Como un deshielo que da origen a una veintena de ríos, prefiero subir mi balsa a uno de ellos, a ver hacia dónde me lleva. Sabato postula el dolor como factor clave en la evolución de la humanidad, de su historia individual y colectiva. El sufrimiento sería el que gatilla y permite cambios y, así, sería capaz de engendrar novedad. Asimismo, pone al sentimiento trágico como catalizador para la creación artística. Ejemplifica con su propio gran descontento ante la miseria y el dolor humanos, su lucha por encontrar a Dios en los desdichados. De esta forma pudo plasmar historias en sus personajes, con la esperanza de poder aplacar las angustias existenciales de sus lectores, ser una “tabla en el mar” a la cual pudieran aferrarse. Ejemplifica también con las biografías de grandes genios inmersos en la melancolía o la pobreza total, como Rimbaud, quien es uno de los que “su destino es la belleza”. La belleza reside para Sabato en una experiencia intensa, pero hay que hacer notar que su definición se entrega mucho más al rango desgarrador de las emociones. En “Antes del fin” Sabato se muestra bastante apocalíptico respecto al futuro y lo es también la forma misma de relatar su historia, plagada de injusticias sociales que parecen nunca encontrar paz. El motor de Sabato estaba en su dolor, en su confusión, también en su esperanza. Encontraba alivio en la verdad y en la belleza, con anhelos de escapar de y mejorar a la vez este mundo.
Me pregunto si el sufrimiento y la angustia serán las únicas fuentes de autenticidad humana. Siempre que llego a este punto, me encierro en el mismo callejón ¿Qué es lo que se puede considerar auténticamente humano? ¿es la verdad algo humano? ¿el dolor? ¿la belleza?. Me pregunto si una vida de dolor, excesos e inmoderaciones es lo que termina desembocando en una existencia artística. Me pregunto si el dolor es el único motor que puede mover la gran maquinaria creativa que llevamos dentro. Una intuición me dice que no es la única vía, aunque tal vez mi ingenuidad en estos temas me hace desear que no fuera la única forma.
¿Qué hay del entusiasmo, la adrenalina, la vitalidad, la alegría y los placeres? Me molesta cuando se toman por banalidades, por aspectos superficiales y encubridores de La Gran Verdad, identificada esta con una experiencia límite en torno a la cuasi destrucción del ser. No apoyo esta veneración a la angustia como origen único de la verdad o la creación. Sin embargo, es muy valioso que quienes han tenido este tipo de existencias se sientan agradecidos de su sufrimiento, pues para ellos fue motivo de crecimiento. Se quemaron y renacieron de las cenizas todas las veces que pudieron, hasta extinguirse.
Creo que desde el lado luminoso de la existencia hay motores que mueven a creaciones verdaderas, tan rebosantes en belleza y novedad como las creaciones de los grandes nostálgicos de todos los tiempos. Tal vez el poder destrozador de paradigmas de estos trágicos personajes de nuestra historia viene sacado directamente de sus existencias marginales. Estoy de acuerdo que mientras más se adapta la persona al sistema, más normalizada se vuelve, lo que puede crear es nada nuevo bajo el sol. ¿Será la insatisfacción un factor incidente en crear algo valioso? Intuitivamente, pienso que sí, pero ¿debe ser esta insatisfacción permanente para que rinda frutos?
Puede que sea cuestión de énfasis, en cuál impulso o voluntad es pionera de nuestra propia y particular existencia. Una persona angustiada la mayor parte del tiempo puede encontrar en el arte una escapatoria, una catarsis. Puede que lleve su vida en torno a esta desembocadura de sus tortuosas cavilaciones. Más no toda persona sufriente encuentra esta solución. Por el lado opuesto, una persona que no sufre puede nunca llegar a incomodarse demasiado como para querer crear algo más que lo que tiene ya a disposición. Sin embargo, hay quienes tienen sentido de compasión y se conmueven e inquietan por la miseria ajena y esto los motiva a crear. Me pregunto ¿habrá otro tipo de persona, no esencialmente sufriente ni compasiva, pero sí lo suficientemente incómoda como para ejercer el oficio de alquimista en cualquiera de sus ramas? ¿Cuál será el motor generativo para esta persona, si no es la compasión o el dolor propio? ¿Será el instinto por conocer? ¿Será la compulsión de cruzar el umbral de lo común e ir más allá? Y ¿puede esta voluntad llegar a tener la urgencia necesaria para toda creación? Quiero creer que sí, pues no me resigno a tener una vida neurótica y desdichada para poder crear. Tal vez sí hay que estar un poco loco, divergir en hábitos para llegar a verdades haciendo otros senderos, tal vez atajos, tal vez vueltas más largas. El tiempo no es algo con lo que quiera luchar ya. Quisiera desmarcarme del apuro de las horas y reemplazarla por la sensatez de la necesidad. Lo último que quiero es entablar una carrera conmigo misma -o peor aún, con otros- para convertirme en una máquina creativa. Pienso que las circunstancias de nuestras vidas dictan el ritmo al que podemos soltar un regalito al mundo, unos versos sinceros, unas imágenes capaces de habitar a quien las vea.
Me recuesto de espaldas en mi balsa, disfrutando su navegar y el sol entibiando mi cuerpo, haciendo un perfecto equilibrio con el fresco ese del viento. Luego de un momento me alertan gritos, avisto otros marineros en ríos paralelos, algunos en problemas porque les tocó sortear rápidos y cataratas. ¿Soy capaz de hacer algo? No puedo dejar de lado esa pregunta. Pienso que la ética debería ser humana, sin importar de qué lado del río estemos. Creo que Sabato estaría de acuerdo conmigo.
sábado, 30 de agosto de 2014
Reflexiones post-Sabato
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martes, 16 de abril de 2013
Fragmento de un dispositivo de historia del año 2400
Érase una vez una sociedad de antaño, en donde todos los
niños tenían que ir a escuelas por ley. Luego vino la reforma educacional,
impulsada por las revoluciones de la época, pero totalmente desligada de sus
principios. Insertó sistemas revolucionarios y estratificados. Ya no era
obligación nacional ir al colegio y muchos de los padres tampoco lo hicieron
obligación en sus casas, sobre todo los del nivel socioeconómico más bajo, pues
ya venían con un sentido pleno de incompetencia en lo referente a la “educación”.
Los políticos, ya cansados de fingir que incluían los intereses de todos en sus
propuestas, empezaron libremente a abogar en pro de sus propios intereses y a
desligarse de los que eran considerados gastos ineficientes o innecesarios. Comenzó así la generación de un nuevo poder,
el orden de los niños en asociación en las calles. Los chicos crecieron, pandillas
y mafias en masa se disputaban los apretados territorios de la creciente ciudad.
Se iban eliminando uno contra uno, diez contra diez, masacres de familias y
clanes enteros por vendettas. Sus tácticas se refinaron a tal punto que ni la
estrategia militar pudo poner fin a esa destrucción territorial perpetua. Luego
los políticos recurrieron a su carta bajo la manga, los medios de comunicación.
Mientras la masacre fuera reglamentada y legal se mantendría a todos contentos.
Bajo este lema surgieron una serie de realities,
los que competían por mostrar las habilidades delictuales más letales. Lentamente
comenzó el culto delincuencial y se esparció por todos los estratos. La televisión
y los otros medios eran basura y nadie, aparentemente, podía hacer nada por
cambiar esto. Pronto ya no hubo espacio para la justicia general, pronto las
reglas y generalizaciones comenzaron a caer, así como las regularidades,
rutinas y hábitos. Comenzó la Era Concreta, en la que se alababa el estado
animal de existencia, pero no cualquier estado animal, si no el de la depredación.
Esta no fue sólo en el sentido metafórico, como en el desarrollo de la
prostitución de carácter abusivo o la existencia de mecanismos eficaces para
homicidios en máquinas expendedoras, si no que llegó a su nivel más concreto en
época de hambruna: el canibalismo. Esto ocurrió preferentemente en las
ciudades, pues las personas que predicaban ideales espirituales o de amor se
vieron forzadas a erradicarse en zonas rurales a o exiliarse en otros países. Para
países más poderosos Chile, en conjunto con otros países, comenzó a ser un
peligro de corrupción, más aún, de terrorismo. Es por eso que el año 2154 se
aplicaron los primeros campos de acero magnético para aislar a los países que proseguían
en esta escandalosa realización de “la ley del más fuerte”. Por otro lado,
estos países poderosos tuvieron su propia evolución en base a los parámetros del
dinero, el que, como ya sabemos, alcanzó dimensiones sorprendentes de
influencia y acabó con gran parte de la población mundial.
miércoles, 6 de marzo de 2013
El día en que Don Francisco...
Don Francisco
estaba de vacaciones en ese resort tropical que tanto le gusta. Es
exclusivo para gente adinerada y famosa, tan exclusivo que pocos
periodistas conocen su ubicación real. Para el resto es sólo un
mito, un mito glamoroso y de moda. Esa primavera el clima estaba
agradable, como de costumbre, también las terrinas de salmón, los
baños termales y los masajes aceitosos. Pero algo empezó a
incomodar a Don Francisco, algo que venía de su interior, una
incomodidad que no amainaba con los placeres que usualmente le hacían
poner la mente y los ojos en blanco. La molestia inefable se paseaba
con él cada matiné, vermut y noche, hasta que una mañana encontró
su punto de anclaje.
Don Francisco leía
el diario en el restorán del spa, mientras sorbía su café vienés.
En la mesa quedaban migajas de medialunas rellenas con manteca y de
pan de nuez. También quedaban restos del paté de ave con oporto.
Apareció el mesero, preguntando si necesitaba algo más y comenzó a
guiar tendenciosamente la conversación para obtener un autógrafo
del renombrado. Este no estaba de humor, por lo que se quedó mirando
hacia la ventana sin contestar. En ese momento le pareció ver un
animal pequeño, corriendo hacia los espesos matorrales que rodeaban
el jardín. Interrogó al mesero por el curioso animal, pero el joven
no alcanzó a divisarlo. Fácilmente lo convenció para que fuera en
busca del animalejo. Se quedó observando desde su mesa al menudo
joven buscar y buscar al mamífero sin éxito. Le pareció absurda la
situación y se observó también a sí mismo: la gente lo respetaba
sin tener él que hacer nada. Podía mandarlos a freír monos,
literalmente, y se lo concederían. Incluso podría haber inventado
todo el asunto del animal sólo para librarse de dar el autógrafo.
Durante el paseo de
mediodía por los senderos de árboles exóticos, cuestionó la
actitud que la gente común tenía con él. Eran serviles y le
atribuían características que él, bien en el fondo, no sentía que
tuviera. Claro, no podía reconocerlo frente al mundo, pero si se
atrevía a ser sincero consigo mismo, no era ni la mitad de
inteligente, ni culto, ni amable de lo que la gente pensaba que era.
Sí era astuto, debía reconocerlo. Eso lo llevó donde está.
También que siempre pensó que debía existir gente así para él,
gente que lo atendiera, que lo considerara de alto estatus. Para eso
no encontraba mucha explicación y se extrañaba de estar
cuestionándoselo ahora, después de tantos años de haber vivido
así. Iba rumiando estas cosas cuando, de pronto, se atravesaron
corriendo por su camino dos animales, parecían roedores, ratones
quizá, no estaba seguro. Se volteó a corroborar lo visto con su
acompañante, quien iba distraída y no le sirvió de testigo. Le
dieron ganas de insultarla. De alguna manera, se sentía dueño de
ella, ya que él estaba pagando todos sus gastos en el resort. Se
sorprendió al verse, por primera vez, incómodo con esta situación
¿cómo era posible que él buscara rodearse de gente por esos
medios, pagando por su compañía? ¿Realmente lo querían? ¿alguien
realmente lo quería a él y no a su personaje de famoso? ¿él era
él?
Su incomodidad fue
creciendo a lo largo del día. A la tarde se sentía agitado.
Necesitaba escapar, no sabía bien de qué o a dónde. Salió a
correr, obligándose a dejar de lado el hecho de que eso podría
llevarlo a la muerte, el footing
no formaba parte de sus hábitos. Sentía ganas de hacer algo
distinto.
Mientras trotaba
vinieron a su mente recuerdos. Se veía a él, hace algunos años,
gritándole a su productor. A su chofer. Al estafeta. A su cocinera.
A su hija. Empezó a pensar que la incomodidad que sentía era nada
menos que un sentimiento poco usual en él: culpa ¿Pero por qué
ahora, después de tantos años?
Paró
exhausto, se sentó con dificultad a los pies de un árbol del
camino. Palpitante, miró al cielo y vio asomarse un animalito por
entre las ramas del árbol. Se asustó de comienzo, intentó calmarse
pensando que podían ser animales inofensivos y más asustadizos que
él. Se levantó en busca del animal y encontró otro, bajo el árbol,
muy cerca de él. Era similar a una ardilla. Se lamía frenéticamente
las manos. Don Francisco oscilaba entre el asco y la ternura. También
estaba intrigado. Ya le habían dicho en el hotel que habían
desratizado todo el lugar, miles de hectáreas. También estaba
fumigado. No era posible que un solo bicho o animal merodeara ese
excepcional lugar de descanso. Sin embargo, ahí estaba. Se miraron
unos segundos con delicada extrañeza. No fue el animal el que corrió
primero. Pasó que a Don Francisco le aterrorizó el pensamiento de
que esos animales sólo estuvieran en su cabeza. Hasta el momento
nadie aparte de él los había visto. A simple vista era una
coincidencia, pero si no fuera así… Mientras arrancaba, un sonido
vago de antaño se apoderó de su mente: “¡Y
fuera! ¡Y fuera! ¡Y fuera!”.
Llegó corriendo al
hotel, sintiéndose muy acelerado y nervioso. Al parecer era el único
en ese estado. Dio un vistazo a su entorno y vio las familias
felices, las parejas riendo, la gente acomodada sintiéndose
realmente cómoda. Por primera vez se sentía ajeno al lugar al que
creía pertenecer. Pensó en subir a su habitación, sumergirse en
agua caliente seguramente lo calmaría. Iba doblando por la parte
posterior del hotel, cuando aparecieron justo frente a él tres
ardillas como las que había visto antes, solo que estas vestían
pijamas.
La cabeza de Don
Francisco no podía más. De pronto se sintió como en otra
dimensión, donde cosas estrafalarias e inciertas podían pasar.
Miraba boquiabierto a las ardillas. Sus pijamitas eran como los de
los niños, cada una vestía uno distinto. La ardilla más larga
llevaba uno blanco con avioncitos celestes. La pequeña, uno rosado
tipo vestido, con cintitas de raso. La tercera, un enterito amarillo
pato. Confuso y enojado consigo mismo por volverse loco, Don
Francisco buscó frenéticamente un lugar donde sentirse seguro, un
lugar conocido y predecible. Con paso rápido fue directo al puerto
de yates.
Al caminar por la
madera sobre el agua recordó la primera mujer que llevó a su yate.
Era una mujer de hermosas piernas, tal como las que le sucedieron a
granel. Pensó que por recordarla no era tan frío, como le echaban
en cara a veces. Algo de su corazón se encogió al recordar su
juventud. Se dio cuenta de que necesitaba un trago, urgente. Se
dirigió al restorán flotante que había allí. Abrió la puerta y
un extraño estaba justo en la entrada. Este lo miró y se vislumbró
en sus ojos un atisbo de reconocimiento, mientras su dedo índice
derecho se alzaba para apuntar a Don Francisco y en su cara nacía la
sonrisa complaciente que, a estas alturas, Don Francisco detestaba.
Antes de iniciar ese rito común y estéril, Don Francisco dio dos
pasos atrás, cerrando la puerta con fuerza, dando media vuelta.
Nunca más lo volvieron a ver.
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martes, 18 de diciembre de 2012
Aceptar
Alternar el modo heavy con el modo light
como siguiendo una pulsación natural
encontrando un ritmo parecido al de la vida
(esa que da y que quita)
que hace posible aferrarse y arriesgarse
soltar y arriesgarse otra vez
El sonido pulsátil te recuerda
que no se escapa, siempre se vuelve
que no se vuelve, siempre es algo nuevo
Apreciar esa novedad con esencia
con tu esencia
es aceptar.
como siguiendo una pulsación natural
encontrando un ritmo parecido al de la vida
(esa que da y que quita)
que hace posible aferrarse y arriesgarse
soltar y arriesgarse otra vez
El sonido pulsátil te recuerda
que no se escapa, siempre se vuelve
que no se vuelve, siempre es algo nuevo
Apreciar esa novedad con esencia
con tu esencia
es aceptar.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Una opinión y exigencia
El otro día, a propósito de la muestra actual del CCPLM, pensaba en el arte de los tiempos de guerras mundiales: pollock, los surrealistas, los pintores abstractos. Imaginé que todos surgieron buscando la libertad, ofreciendo al mundo su libertad contenida en sus cuadros: la realidad no podía ser como estaba siendo contada hasta ese momento, debía haber más, algo más allá, algo desconocido, eso inaccesible socialmente, que sólo fue posible artísticamente de acceder. Desobedecer a las formas, a la realidad, acceder a una subjetividad más que a buscar una verdad objetiva. La verdad no estaba en la generalidad y en las buenas formas.
Pienso que el arte debe contribuir al mundo real, a la sociedades planteando el complemento, el tiempo futuro, el deseo y la necesidad humana.
La pregunta ahora es: qué es lo que debería mostrar el arte contemporáneo? Qué es lo que nos está mostrando? Qué es lo que debe y sólo puede ser expresado a través del arte? El arte es el precursor de la historia de la humanidad, para eso existe y lo creo con convicción, con una certeza pseudo psicótica.
Pienso seriamente que deberíamos superar nuestra noción de individualidad. La persona está sobreexaltada, en desmedro del nosotros, del somos. Quizá es hora de darnos cuenta de que no somos cosas distintas tú, yo. Somos todos uno. Creo que esa es la misión a comprender y emprender.
La paz es un concepto que ha andado revoloteando desde hace décadas. Se quiere calar en las reglas de la vida. La gente la desea. Mientras no respetemos a los otros como a nosotros mismos, pero en un sentido muy concreto y real, no habrá paz. La gente habla de la paz, pero no sabe cómo llegar a ella. O sabe, pero no lo intenta, porque hay una brecha aún entre la realidad de los hechos, las acciones y las ideologías. Nadie, o pocos, llevan una vida coherente con sus principios. Pocos se atreven a esa radicalidad. Se cobijan cual palomas en el entretecho bonito de la gran casona de la sociedad. Después de todo, es la casa más bonita, con más recursos y es un lugar seguro. Pero ninguna de esas palomas es libre. No saben volar porque pocas son las que han dado el ejemplo. Como nadie sabe mucho de ellas luego de que desertan. La mayoría retoza en la comodidad de lo normal, lo común, lo conocido, haciendo vivir como dioses a las columnas que sustentan la casona, el saber establecido y las buenas costumbres, entre otros. Las burocracias y los protocolos. Quizá por eso mucho del arte tiene una dimensión social: trata de denunciar, de poner en evidencia el encierro, la falta de alas.
Pero nos falta el otro arte, ese que te indica la dirección a seguir, ese que te desviste de los andrajos y te pone ropa nueva. Ya basta de denuncias, vamos al paso siguiente
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jueves, 9 de agosto de 2012
La queja (in)constituyente
Cuando Lacan afirmó “la mujer no existe” no veía venir los tiempos de ahora, no hay duda de eso. Ahora la mujer es la que existe. Si nace sin pico, es ya una mujer indiscutida. En cambio, el que necesita convertirse en hombre, es precisamente el hombre. Si nació con miembro, debe demostrar que lo tiene. Cualquier acto que no concuerde con esto, será usado en su contra.
El hombre debe ganarse su virilidad. En cambio, una mujer es catalogada como mujer haga lo que haga. “Mujer tenía que ser”. Es como si el océano de características disponibles fuera femenino y el hombre debiera emerger haciéndose notar, no dejarse envolver por esas olas de femineidad, de pasividad. De ahí que se espera que él “haga algo”. Aquí emerge la queja común de los tiempos de hoy: ya no hay hombres. ¿Será que el océano femenino acabó por ahogar las posibilidades actuales de ser un hombre? Por alguna razón el hombre ya no sale en la lucha de su virilidad, no quiere demostrar nada a nadie. Esta sumido en un autoerotismo playstatiano, en un narcisismo alcohólico, en una pasividad cómoda, en un infantilismo que le protege cual madre inutilizadora. Los hombres ya “no saben hacer nada”. No en vano se escucha decir que las mujeres, además de mujeres, son mas hombres que muchos hombres. Honra, firmeza, entereza, protección al estilo paternal y en algunos casos incluso feudal. Las reinas reinan, los reyes, fatigados, han cedido el báculo. ¿Será esto por una rebeldía definitoria? ¿Un movimiento masculino que se rehúsa a aceptar las imposiciones femeninas, análogo al movimiento feminista en los tiempos de la hegemonía masculina? Quizá sea esto una clave para darnos cuenta de quien tiene la hegemonía ahora, en términos morales, espirituales y fácticos…
¿Habrá un lugar para los hombres en los nuevos sistemas sociales, un lugar que no los sitúe desde la inutilidad? Hoy los hombres son llamados “niños”, su único lugar legitimado para tener derechos ¿Qué respuesta encontrarán estos niños para convertirse en hombres? ¿Podrán forjarse un lugar de derecho en este nuevo sistema? ¿Podrán las mujeres darles un nuevo lugar? ¿Podrán ellos librarse del yugo que llevan por haber malusado su reinado inequitativa y opresoramente? ¿Les salió el tiro por la culata? ¿Se puede romper el ciclo de opresiones?
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miércoles, 25 de julio de 2012
13 de julio
Nunca nadie sabe lo que pasaría si me permito ser feliz. Quizás sería el fin del universo entero. El planeta que se sale de órbita. La palabra descubierta que altera la sintaxis. El desorden que crea un nuevo orden. El eslabón perdido. Atlantis. Hacer del mundo entero un triángulo de las Bermudas. Caos. Caos. Caos.
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